¡Y yo más!

¿Cuánto tiempo pasas al día en oración?
¿Cuánto tiempo pasas al día leyendo la Biblia?
¿Cuánto das al Señor de todo lo que ganas?
¿Cuánto sueles ayunar?
¿Vas a todos los cultos de la Iglesia?
¿Con qué frecuencia predicas el Evangelio?
¿A cuántas personas has podido ganar para el Señor?
¿Eres un buen cristiano o un mal cristiano?

Creo que todos hemos hecho alguna vez y nos han hecho a nosotros estas preguntas o algunas otras similares, ¿verdad?

¿Qué pasa si yo, Juan, oro media hora y otra persona ora dos? ¿Qué pasa si yo, Juan, leo la Biblia durante una hora y esa misma persona la lee durante dos?

Entonces, decimos que Juan está peor espiritualmente que la otra persona, pero . . .

¿Qué pasa si yo, Juan, oro media hora y la otra persona ora dos, pero yo leo la Biblia dos horas al día y la otra persona media hora?

Entonces, ¿qué tenemos aquí? ¿un “empate espiritual”?

¡Qué triste es todo esto! ¡Qué triste es hacerse estas preguntas! Y ¡Qué triste preguntarlas a los demás!

Si creemos que la vida cristiana consiste en hacer, entonces deducimos que el que más hace, está mejor espiritualmente; el que más ora está mejor espiritualmente; el que más lee, está mejor espiritualmente, pero . . . ¿es esto verdad?

Si nos fijamos, todas las preguntas tienen que ver con lo que nosotros hacemos y esto es vivir bajo el Antiguo Pacto, las personas obsesionadas con el “YO tengo que ir, YO tengo que orar, YO tengo que leer, YO tengo que evangelizar, YO tengo que asistir, YO tengo que dar” . . . estas personas viven mirándose a ellos mismos y comparándose con lo que hacen los demás: “¿Ese ora más que YO?” “¿Ese lee más que YO?” “¿Ese ayuna más que YO?” . . .

Dejemos de mirarnos a nosotros mismos, dejemos el YO y vivamos en ÉL, vivamos en el Nuevo Pacto, vivamos disfrutando de lo que ÉL ha hecho por nosotros, de lo que ÉL está haciendo en nuestras vidas, de lo que ÉL nos ha dado gratuitamente, de lo que ÉL es para nosotros, ¿qué nos importa lo que ora el vecino?, ¿qué nos importa lo que lee? Nuestros ojos están en Cristo, ÉL es nuestra vida, ÉL es el que trae cambios, ÉL es el que pone en mí el querer y el hacer, vivimos por fe, no por lo que vemos, no por lo que nos dicen, hemos muerto y ahora ÉL VIVE EN NOSOTROS Y NOSOTROS EN ÉL.

Cuando vivimos en la realidad del Nuevo Pacto, sabiendo quienes somos, se acaban las tonterías y las preguntas basadas en el YO. A mí no me interesa lo que tú haces, a mí me interesa lo que DIOS hace en ti y a través de ti. Como dijo un amigo y hermano: que sea DIOS siempre el protagonista en nuestras vidas.

Termino con una anécdota que viví recientemente . . .

Un hermano me dijo: "Juan, ahora me levanto a las 5:00 a.m. y paso una hora orando y una hora leyendo la Biblia”, yo le miré y le dije: “Y ¿qué me quieres decir con eso?” No sabía qué decirme ni dónde meterse.

Cuando este hermano me dijo lo que hacía ¿qué esperaba que yo le dijera? “Wow hermano, ya estoy viendo las alas que te están saliendo”, ¡Wow hermano, eres muy espiritual! . . . Lo que NO se esperaba es que yo le dijera: “¿Y a mí qué?” porque esa fue la intención de mi respuesta y él la captó perfectamente.

Hay una nueva vida en Cristo que no consiste en lo mucho que oramos, en lo mucho que leemos, en lo mucho que ayunamos, en lo mucho que hacemos . . . la nueva vida que tenemos en Él, consiste en dejarnos amar por nuestro Dios, poder abrazarle, poder besarle, poder experimentar su presencia, poder caminar con Él, poder conocerle, poder oír su voz, que Él siga transformando nuestras vidas y que Él siga produciendo un fruto que traiga gloria a SU NOMBRE.

“No a nosotros, SEÑOR, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu fidelidad.”
Salmo 115:1