La Verdadera Riqueza está en ÉL

En el evangelio de Juan podemos leer acerca de un hombre llamado Nicodemo, este hombre era un importante rabino fariseo y miembro del Sanedrín. Lo interesante es que Nicodemo aparece en el Talmud y tenemos unos datos MUY curiosos acerca de él: su nombre en hebreo es Nakdimon Ben Guryon y se dedicaba a cavar pozos, era uno de los tres hombres más ricos de Jerusalén, no recibía ningún salario por ser maestro ni por pertenecer al Sanedrín, ya que antiguamente se decía: “no uses la Torá como una pala para cavar”, es decir, no uses la Escritura para obtener dinero. El evangelio de Juan nos muestra el progreso espiritual de Nicodemo, en un principio, Nicodemo se acercó de noche a Yeshua para NO ser visto, pero cuando Yeshua muere, vemos a Nicodemo junto a José de Arimatea (miembro prominente del Sanedrín) encargándose del cuerpo de Yeshua y de esta forma, mostraron su fe, su aprecio y su amor por ÉL. Nicodemo sabía el precio que tenía que pagar si manifestaba públicamente su fe por Yeshua y ese paso lo dio cuando vio el gran amor de Yeshua muriendo por él en la cruz. ¿Cómo acabó Nicodemo según el Talmud? Nicodemo acabó POBRE y esto es lo que él sabía que iba a pasar, por eso, se acercó a Yeshua por la noche para evitar precisamente ser rechazado por sus familiares, hermanos y amigos . . . ser rechazado iba a producir que tampoco le dieran trabajo para hacer nuevos pozos . . . según el Talmud, Nicodemo acabó pobre, pero en su pobreza, él tenía a Yeshua, había sido aceptado por su Dios, había experimentado el amor del Padre, había sido lleno de la presencia de Dios . . . ninguna religión, ninguna filosofía, ninguna riqueza en este mundo nos podrá dar todo lo que el Mesías NOS HA DADO, Nicodemo finalmente lo entendió y lo pudo experimentar.

“Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios . . . Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre.”
Lucas 6:20 y 22