Divina Providencia

Una vez vivió un rey a quien le gustaba pasar tiempo con un particular rabino de su reino, aunque él no era judío. Los dos hablaban incansablemente sobre distintos temas, y el intelecto agudo del rabino asombraba al rey. Nadie se podía comparar con el rabino en sabiduría, quien frecuentemente le hablaba sobre la providencia de Dios.

Al rey le fascinaba andar en pos de aventuras, y a menudo invitaba al rabino para que le acompañase. En una de esas salidas, el rey decidió ir de caza. El rabino nunca había cazado nada ni estaba familiarizado con el uso del rifle, y en un momento de torpeza, accidentalmente disparó contra el rey. La mano del rey quedó lesionada permanentemente, ya que el tiro desprendió por completo uno de sus dedos.

En su ira, el rey ordenó a sus guardias que metiesen al rabino en la prisión y que lo pusieran en lo más profundo y oscuro de la cárcel.

Pasaron algunos meses, y la herida del rey comenzó a sanar. Cuando ya se encontraba fuerte, emprendió un extravagante viaje a distantes tierras. En un lugar exótico, advirtieron al rey que no saliese del campamento porque los nativos hostiles acechaban en la oscuridad. Pero no pudo resistir la tentación de salir y verlos por sí mismo. En una de esas escapadas fuera del campamento, fue capturado por los caníbales. Antes de echarlo en la caldera de agua hirviendo para comérselo, decidieron inspeccionar su cena. Cuando descubrieron que le faltaba un dedo, quedaron horrorizados. Para ellos, esa era señal de mal presagio e inmediatamente devolvieron el rey al campamento.

El rey entonces se sintió rebosante de alegría, y enseguida se acordó del rabino, cuya “torpeza” había salvado su vida. Cambió de repente su rumbo y regresó al palacio, ansioso de hablar con su amigo. Mandó liberar al rabino, y luego el rey le preguntó: “Querido rabino, siempre me has hablado de la divina providencia y de que todo lo que nos pasa es para nuestro bien. Por fin lo he comprendido. Pero rabino, te tengo una pregunta: ¿Y qué de la divina providencia en tu caso? ¡Tú estuviste en la prisión durante muchos meses! ¿Dónde estuvo el bien en eso?

El rabino se sonrió y dijo: “Su majestad, si yo no estuviese en la prisión, hubiese estado con usted. Yo tengo diez dedos . . . ¡y esos caníbales me hubiesen comido a mí!