El Dios cercano

En un barco que navegaba por el mediterráneo se encontraba un niño judío. Se desató en el mar una tempestad de enormes proporciones. Cada pasajero se aferró a sus dioses y los invocó. Pero fue inútil. Cuando la gente vio que la invocación de esos dioses no servía para nada, le dijeron al niño judío: “Levántate tú también, hijito, e invoca a tu Dios porque hemos oído que ÉL os responde cuando clamáis a ÉL, pues es poderoso.

El niño se levantó inmediatamente y clamó a Dios de todo corazón. Dios acogió su oración y el mar se calmó.

Cuando desembarcaron en tierra firme, fue cada cual a hacer sus compras, salvo el niño judío. Entonces le dijeron: “¿No quieres comprarte algo tú también?

El niño respondió: “¿Qué esperáis de un extranjero tan mísero como yo?

La gente repuso: “¿Tú un extranjero mísero? Nosotros sí que somos extranjeros míseros, pues estamos aquí mientras que nuestros dioses se han quedado en Roma o en Babilonia. Incluso la gente que trajo sus dioses hasta aquí se vio defraudada por ellos. Tú, en cambio, donde quiera que vayas, tu Dios está contigo.

Por eso se dice:

“Porque ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor de nosotros siempre que lo invocamos?” (Deuteronomio 4:7)