El Sustento

De camino hacia la Casa de Estudio, el Rabino Leví vio a un hombre que corría por la plaza del mercado. Corría tan deprisa que sus faldones y flecos ondeaban detrás de él. Con una mano agarraba una cartera muy estropeada; con la otra mano sujetaba sobre su cabeza su sombrero para impedir que éste saliera volando. Cuando el hombre pasó corriendo, el Rabino Leví lo llamó. El hombre se detuvo un momento por deferencia para con el Rabino y le saludó jadeante.

¿A dónde vas corriendo tan veloz?”, preguntó el Rabino.

¿Qué quieres decir, Rabino?”, dijo el hombre con acritud, sin intentar ocultar el desagrado que le causaba tener que hacer ese desvío. “Me gano la vida, corro tas mi sustento. Tengo por delante oportunidades de éxito y si no corro tras ellas, se me escaparán.

¿Y cómo sabes – le pregunto el Rabino – que esas oportunidades se encuentran delante de ti? ¿Y si estás corriendo justamente a la par de ellas? O peor aún, ¿y si están detrás de ti y, al correr, te estás alejando de ellas?”.

El hombre se limitó a quedarse mirando fijamente al Rabino sin entender.

Escucha, amigo mío – le dijo el Rabino -: no te digo que no tengas que ganarte la vida. Lo único que me preocupa es que con tu obsesión por ganarte la vida estés desperdiciando tu vida”.