Pregúntate a ti mismo

Cuando el Rabino Isaac estaba recién casado, su esposa no hacía más que quejarse de él. El Rabino decidió soportar sus insultos en silencio. Cuando vio que ella trataba a la servidumbre de la misma manera, acudió a su rabino en busca de consejo.

El Rabino le escuchó y le dijo: “¿Por qué me preguntas a mí? ¡Pregúntate a ti mismo!”.

El Rabino Isaac quedó confundido por la respuesta de su maestro. Sabía que éste intentaba enseñarle algo, pero no estaba seguro de lo que era. Entonces se acordó de una enseñanza:

Si tus siervos te dan quebraderos de cabeza, es porque has obrado de una forma incorrecta. Si tu esposa te maldice, es porque no has dominado tu lengua. Si tus hijos te preocupan, es por obsesionarte en pensar cosas absurdas. Si alineas estas tres cosas con la piedad – si tus pensamientos, palabras y obras son santos y santificadores -, toda esa aflicción se transformará en alegría”.

De repente, el Rabino Isaac entendió lo que su maestro le estaba diciendo. Si quería mejorar la situación de los demás, debía empezar por él mismo.