Sensación equina

En una ocasión acudió alguien a pedir consejo a un Rabino. Se quejaba amargamente de que un competidor estaba privándole de su sustento.

¿Has observado alguna vez que, cuando un caballo va al río a beber, golpea con el casco contra la orilla? ¿Sabes por qué lo hace?

El hombre se limitó a mirar fijamente al Rabino, enfadado porque éste parecía no haber entendido en absoluto su queja.

Te diré por qué – dijo el Rabino – cuando el caballo inclina la cabeza y la acerca al agua para beber, ve su cara reflejada en el agua. Al pensar erróneamente que la imagen que se refleja es otro caballo, patea el suelo para ahuyentarlo y quedarse el agua para sí.

Ahora bien, a ti y a mí esa conducta nos parece estúpida. Sabemos que el temor del caballo es infundado y que el río es capaz de abrevar a muchos caballos y no sólo a uno.

¿Y qué tiene que ver ese estúpido caballo conmigo y con mi sustento?

Tú, amigo mío, eres ese caballo. Crees que el río de la generosidad de Dios no puede sustentaros a ti y a otro, y por eso te pones a patear con tus cascos para ahuyentar a un competidor imaginario.

¿Imaginario?”, dijo el hombre.

Dios ha establecido la riqueza de cada uno de nosotros y nadie puede sustraer de lo que Dios ha reservado. Lleva tus negocios tan prudentemente como puedas y entiende que todo lo que te venga ha sido decretado en el Cielo. Tu única verdadera competencia es el reflejo de ti que ves en el río.